El 31 de julio, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, anunció un plan de digitalización para el Banco del Bienestar, la entidad estatal que distribuye pensiones y programas sociales a millones de personas. El objetivo declarado es mejorar la banca en línea y ampliar la red de comercios habilitados para pagos directos con tarjeta, con una meta muy concreta: reducir las filas que se forman en las sucursales para retirar efectivo.
El anuncio reconoce un problema que cualquier banco, cooperativa o entidad de gobierno en América Latina y el Caribe conoce de memoria: cuando millones de personas dependen de acudir físicamente a una sucursal para cobrar una pensión, un subsidio o simplemente retirar dinero, las filas se vuelven un cuello de botella operativo y una fuente constante de quejas.
Por qué la fila sigue siendo el punto débil
El plan mexicano combina dos estrategias que se repiten en la región cuando una institución financiera enfrenta este problema:
- Trasladar transacciones simples (retiros, consultas de saldo, pagos) a canales digitales o a comercios aliados, para que la sucursal quede libre para trámites que sí requieren atención presencial.
- Rediseñar la experiencia dentro de la sucursal misma con gestión de turnos, para que el tiempo de espera sea predecible y ordenado en los casos donde la presencialidad es inevitable.
Esta combinación —digitalizar lo que se puede digitalizar y ordenar lo que no— es exactamente el patrón que siguen los bancos, aseguradoras y entidades públicas más avanzadas de la región cuando modernizan su atención al público.
La sucursal no desaparece, pero debe organizarse
Incluso con más canales digitales, la sucursal física sigue siendo indispensable para una parte importante de la población, especialmente adultos mayores y beneficiarios de programas sociales. La diferencia entre una sucursal que genera quejas y una que genera confianza no es solo cuánto digitaliza sus servicios, sino qué tan bien organiza el flujo de personas que sí necesitan ser atendidas cara a cara.
Ahí es donde entra la gestión de turnos y colas como herramienta de negocio, no solo de comodidad. Un sistema como Nexturno permite a bancos, aseguradoras y entidades de gobierno organizar la afluencia de público por sucursal, priorizar casos según el tipo de trámite y medir en tiempo real los tiempos de espera, algo que se vuelve crítico precisamente en instituciones —como el caso del Banco del Bienestar— que atienden a millones de personas que dependen de ese servicio presencial para recibir su dinero.